
A Inés, para su camino
En las noches estrelladas del Delta del Paraná mi abuela Blanca, descendiente de araucanos, solía contarme una historia que había recibido de su abuela, y esta de la suya, y así hasta perderse en el tiempo. Sentado sobre su regazo, antes de aprender a leer y escribir, me enseñó dos figuras que cambiarían para mí el cielo nocturno: la Cruz del Sur y las Tres Marías. Y es que esas constelaciones guardaban el recuerdo de un desafío legendario. era un joven guerrero y cazador del pueblo Tehuelche, notable por su vigor y destreza. Su cuerpo era atlético y sus facciones, apacibles. Como era costumbre en su pueblo, al llegar el otoño emprendió un viaje en busca de una compañera en otra tribu. Caminó durante una luna hasta avistar el Cerro Sagrado, al que llamaban Chaltén. Allí fue recibido con respeto y hospitalidad. Durante la ceremonia de los aros, en la que un chamán perforaba los lóbulos de las orejas de los niños y las niñas, conoció a Aluen, la hija mayor del cacique. Ella era delgada, de ojos profundos, y sus ademanes reflejaban una serena tranquilidad. Alegre y generosa, rodeada de niños que jugaban con ella, le ofreció a Aukenk carne de guanaco asada. En una mirada se reconocieron y, con el paso de los días, su amor creció en secreto. Sin embargo, para que su unión fuera posible, debían obtener la bendición de los padres de Aluen.
Una mañana, con el corazón resuelto, Aukenk pidió la mano de la joven princesa. El cacique y su esposa guardaron silencio y postergaron su respuesta hasta el próximo sol. Al día siguiente, frente al fuego de la tienda familiar, el cacique le comunicó su decisión: Aukenk podría casarse con Aluen si tenía éxito en un objetivo que nadie había podido alcanzar: cazar al Gran Ñandú llamado Kank.
Aluen huyó llorando hacia los pastizales porque la prueba era casi imposible. En un llanto que partía su pecho rogaba a los ancestros guiaran Aukenk en el desafío que le habían impuesto sus padres; si eso no sucedía al menos que pudiera regresar con vida, pues los peligros que le esperaban eran inimaginables. El Gran Ñandú, llamado Kank, era un macho imponente, había evadido a los mejores cazadores durante muchas estaciones. Su astucia y fortaleza eran legendarias, y quienes lo habían enfrentado narraban historias de su carácter sobrenatural. No solo la caza era peligrosa: el camino estaría plagado de fieras del desierto, tribus hostiles y los misterios de los cerros encantados.
Aukenk sintió el peso de aquel reto, pero en su pecho ardía la determinación. Antes del siguiente amanecer, preparó sus armas: boleadoras de piedra forjadas por sus manos y una lanza. Se untó el cuerpo con grasa de guanaco para protegerse del frío y pintó sobre ella las franjas de su clan: rojo, negro y blanco. Con una última mirada a la tienda donde dormía su amada, partió y se fue internando en la estepa patagónica.
Las noches se alargaban y el viento helado susurraba historias antiguas. El desierto era un lugar solitario y traicionero. En la luna llena, las voces de los ancestros emergían de la tierra, y muchos cazadores habían enloquecido al escucharlas. Aukenk soportó el frío cortante, el hambre y el agotamiento. Se refugió en una cueva sin fuego ni agua, mientras un grupo de cazadores del norte seguía su rastro, quizá con intención de venderlo como esclavo. Un día, el movimiento de su lanza y la fiereza de su mirada hicieron que un tigre desistiera de atacarlo. El verano había dejado secos los pocos pozos de agua en el camino, desvanecido por la sed, una breve llovizna del otoño lo salvo de una muerte segura.
Su propósito lo guiaba. No se rendiría.
Tras una luna de búsqueda, halló la huella de la tropilla de ñandúes. Una pisada inmensa le indicó que Kank lideraba el grupo. Su corazón retumbó como los tambores en la danza de guerra. Siguió el rastro y, al atardecer, lo encontró: un ser majestuoso, de plumaje plateado por la luz del sol que comenzaba a esconderse detrás de las Grandes Montañas.
Aukenk se deslizó entre las rocas y, al estar a tiro, hizo girar sus boleadoras. Pero un trueno repentino alertó a Kank, que esquivó el disparo con un salto asombroso. Sus miradas se encontraron, y así comenzó una persecución frenética.
Corrieron sin descanso durante toda la noche. La lluvia borraba sus rastros, pero el viento del Sur los volvía a juntar entre las tinieblas. Cada vez que se divisaban, el joven lanzaba su grito de guerra y Kank respondía con pisadas que retumbaban como tambores en la estepa. Al amanecer, el ñandú quedó atrapado en un cañón sin salida.
Exhausto y furioso, Kank corría de un lado a otro, golpeando el suelo con fuerza. Aukenk sintió la victoria al alcance de su mano. Hizo girar las boleadoras con toda su fuerza, creando un zumbido que resonó en el cañón. Pero en ese instante, Kank hizo lo imposible: saltó sobre un arcoíris que se formaba entre las rocas y ascendió por él hasta desvanecerse en el cielo. Desesperado, Aukenk arrojó sus boleadoras, que desaparecieron entre las nubes cargadas de lluvia. Se arrodilló, incrédulo, golpeando con los puños la tierra y el grito de su alma furiosa. Había fallado.
Regresó tras cuatro noches de penoso viaje. La lluvia lo acechó sin tregua. Al llegar, los niños lo recibieron con algarabía, pero él no podía sonreír. Ante el fuego del toldo del cacique se inclinó y relató su derrota. Con la voz quebrada, aceptó renunciar a Aluen. La tristeza entre los presentes corrió como el humo de sus fogatas. La joven princesa calló sobre el peso de sus cuerpo y lloró desconsolada. Había agradecimiento y dolor en un mismo llanto: el guerrero había regresado con vida pero al no tener éxito en la empresa, ya no podrían estar juntos. No había forma alguna de consolarla. El jefe de la tribu y su esposa, con una mirada apenada que brillaba con el fuego, acariciaron sus cabezas y les dieron de beber agua.
Pero un grito de asombro interrumpió la angustia que se había apoderado de la tribu. El Chamán señaló el cielo y gritó:
-“¡Miren!¡Miren! El cielo ha cambiado, ¡por nuestro dios Koch! El cielo ha cambiado”-.
Se arrodillaron todos y contemplaron con asombro el fenómeno: la huella de Kank había quedado marcada en el azul infinito, y un poco más al norte brillaban las tres piedras de las boleadoras de Aukenk. La tribu se postró: la epopeya, guiada por fuerza de su propósito, habían quedado grabada en el firmamento.
El cacique comprendió que el valor del joven no estaba en alcanzar el éxito en la caza del Gran Ñandú, sino en la tenacidad y la lucha contra sus propios límites. Aukenk y Aluen se unieron, y sus descendientes llamaron a esas estrellas Choiols (rastro de ñandú en el cielo) y Cheljelén ( las tres piedras). Y la historia llegó a nosotros, de generación en generación, como la huella de lo que una persona es capaz de lograr a partir del amor y el coraje.
Los antiguos decían que el éxito es hijo de la fortuna, y que no tenemos control sobre él. Pero que el logro, el verdadero logro, está en el esfuerzo que somos capaces de realizar para superarnos a nosotros mismos.
Fernando Coppolillo, en Escobar, Marzo 2025





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